#10oct Bitácora de un país fragmentado

Caracas, 10 de octubre de 2018

Hace algo de frío y mi día comienza con una foto que me envían por redes sociales. En ella el contraste evidente golpea mis emociones. A las afueras del Sebin, una mujer llora la muerte del concejal Fernando Albán. Un hombre la consuela. No me detengo en sus nombres o filiaciones, son, simplemente, personas que sufren ante una pérdida injusta, injustificable y atroz. Faltan calificativos cuando el desconcierto y la indignación abundan. En la misma toma y al fondo, un grupo de efectivos conversa, relajados y sonrientes. La bandera nacional se asoma por el lado derecho del encuadre, expuesta en el hombro de uno de los sujetos de mediana edad. Uniformados y armados, algunos con cascos y chalecos antibalas, parecieran pertenecer a otra imagen, a otro momento, a otra situación. Pero no. Es la misma foto, es un mismo país en el que los que sufren parecen vulnerables y desprotegidos y solo les queda consolarse entre sí. El señor de camisa blanca nos mira de frente involucrándonos en la escena, mientras sus anteojos, colocados sobre cabeza, miran vacíos hacia arriba como queriendo enfocar el cielo, como buscando la irrenunciable esperanza arrinconada en la cajita de Pandora que tercamente nos empeñamos en resguardar muchos venezolanos. La foto despierta preguntas. ¿Por qué ríen? Es quizás la inquietud más punzante.

Muerte de Fernando Albán

Intento cumplir mi jornada, consciente de que hay preguntas para las que nunca obtendremos respuestas. Sin embargo, me asalta una frase de Neruda -Sí, el comunista. Sí, el escritor- que desde hace unos años me ha interpelado: “¿Por qué en las épocas oscuras se escribe con tinta invisible?”. Y esa interrogante me hace querer buscar respuestas, tal vez personales, tal vez en solitario, pero al menos mis respuestas. Por eso escribo con tinta propia.

¿Indiferencia, insensibilidad? Es difícil no juzgar. Ciertas circunstancias no admiten matices y hay que asumir postura. Reafirmo que desde hace años la resistencia y la cordura en medio de la tragedia cotidiana son algunos de los rostros de la sobrevivencia, la persistencia de un gentilicio vilipendiado.

Voy a la Universidad Central de Venezuela, me corresponden trámites administrativos dificultados y enrevesados hasta el extremo. Me encuentro con un espacio desconcertante, medio destruido, medio de pie. Pasillos vacíos y sin iluminación, locales cerrados, puertas con candados, el olor de la decadencia compitiendo con el verdor de “tierra de nadie”, con los murales de Vigas, Léger, Manaure y Navarro; la desolación asechando el invaluable legado de Vargas y la prodigiosa visión de Villanueva.

Hoy está convocada una concentración en el ministerio de educación universitaria y mañana paro de 24 horas. La precariedad devoró los salarios y las condiciones de trabajo. Converso con un colega que sin titubear afirma: “quieren acabar con la universidad y la educación, al poder no le conviene los seres pensantes”. Más adelante un amigo me comenta que a otro profesor le robaron su vehículo mientras daba clases. “Lo dejó mal parado”, trata de explicar.

De los trámites pendientes, solo pude concretar uno. Debo regresar en la tarde. A penas es media mañana pero cuesta permanecer allí expuesta a la inseguridad. Respiro, veo el reloj en el que magistralmente se enlazan arte, arquitectura y academia. Esta vez recuerdo a Fito: “¿Quién dijo que todo está perdido? Yo vengo a ofrecer mi corazón.” Otra frase en forma de pregunta que también me revisita últimamente.

Salgo de la universidad en dirección al C.C. Los Chaguramos, la congestión del tráfico y el bullicio indican que en la Parroquia Universitaria comienza la misa funeraria de Fernando Albán. Personas conglomeradas, algunos curiosos, otros realmente involucrados y afectados. Rostros de políticos conocidos y ciudadanos anónimos. De nuevo el llanto y la conmoción. Me siento sofocada, extraña en mi propio cuerpo, extranjera en un país -el mío- que hoy luce distante e inhóspito. Me detengo un rato, observo y pienso en la foto con la que inició el día.

En el camino observo varios liceístas en las calles. Camisas azules y beige ambulantes a las 10:21 de la mañana. ¿No tuvieron clases? ¿No fue el profesor? ¿No tienen profesor? Esto tampoco lo sabré.  Más adelante me fijo en dos mujeres adultas –madre e hija, quizás- que comparten una empanada. Sí, una empanada para dos personas.

Llego a la oficina e intento escribir. La concentración es un lujo por estos días. Desde un grupo de whatsaap mis compañeros de trabajo intercambian noticias y preocupaciones. Vivimos en zozobra perpetua. Comentan que en la Parroquia Universitaria por donde acabo de pasar han lanzado bombas lacrimógenas. Es una agresión, sin duda, pero también una ironía. Ahora todos lloran. Transcurren unos minutos y llega una pasante, aturdida y con los ojos irritados. Certifica los hechos: “Profe, nos lanzaron bombas lacrimógenas”, dice con voz cansada.

Hace calor y el suéter empieza a estorbarme. Converso con un tesista que acaba de reunirse con su tutora. Me comenta que el trabajo está avanzado y casi listo. Un hecho cotidiano en cualquier universidad de cualquier país. Una proeza, en el nuestro. Una buena noticia que reafirma la insistencia de estudiantes y profesores comprometidos.

12: 19 PM. Reviso por cuarta vez los documentos que debo consignar en la tarde para asegurarme que todo esté en orden y garantizar, al menos, desde mi parte, que fluya el proceso. Como en otras instituciones, en la universidad “el no hay”, y “el no se puede” sustituyeron “los buenos días” y “las buenas tardes”. Decido retornar para llegar a tiempo. Me despido de la pasante, quien me encomienda a Dios y me insiste que me cuide como si fuera a un campo de batalla. Acabo de decirle que solo voy a control de estudios de FACES, ubicado en la lejana escuela de estadística. Insiste: “mucho cuidado por ahí”.

De vuelta me fijo en los árboles caídos, el barro y los escombros aun sin recoger que ha dejado el “cordonazo de San Francisco” y sus intensos coletazos. Llego a la UCV y completo mis trámites. Entraré en el grado de noviembre y recibiré mi título doctoral. Caigo en cuenta de que la carga académica no me desgastó tanto como estos procesos. Un trueno ensordecedor me indica que el día va a penas por la mitad y una nueva complicación no se hace esperar. Procuro suavizar el aguacero con un café. En el cafetín nos acorralamos varias personas, asombrados por la fuerza de la lluvia. Ante cada trueno, un grito o un comentario, risas nerviosas y algunos bromas para distendernos. El encargado del local sube el volumen de la música tratando de competir con los ruidos de la naturaleza. Por supuesto que no lo logra. Su intento solo deja una tenue banda sonora con merengues de los noventa. Roberto Antonio y Miguel Moli, ceden su turno a Arjona. Prefiero el sonido de la lluvia, pero aquí también toca guapear. Llegan dos estudiantes abrazados y empapados, piden cafés y ríen. Me involucran con algunos gestos en su conversación. Ella se va del país en noviembre. Le aterra viajar sola y por tierra. Él le dice que todo saldrá bien. Contemplo la lluvia, mientras el joven que nos atiende baila y otro más canta intencionalmente desafinado. Se acercan tres muchachas compartiendo un paraguas destartalado. Preguntan el precio de unas galletas. “70 soberanos”. Se miran y siguen. No pueden comprarlas. Continúan su ruta juntitas, me parece que hasta más abrazadas, no se si por frío o por consolación. A esta altura del día me ganan las emociones.

Ha disminuido la intensidad de la lluvia. Algunos empiezan a desplazarse. Estoy dudosa, pero “El des-pa.-ci-to” en la voz de Luis Fonsi me da el empujón final. Me despido agradeciendo el café, la atención y la compañía. Veo el reloj: 2:17 PM. La lluvia vuelve a arreciar permitiéndome llegar hasta la Facultad de Humanidades. Toca volver a esperar. Mientras tanto recibo una llamada telefónica, me atrevo a sacar el teléfono y atender. Es un amigo con el que frecuentemente hablo de arte, fotografía y política. Una combinación nada peculiar en nuestra realidad. Me comenta que está leyendo sobre la necrofilia del Estado y de nuevo la foto de la mañana vuelve a mi cabeza para recordarme que en estos y otros asuntos no existen casualidades.

Escampa y decido regresar a casa. Echo un último vistazo a la universidad que parece partida en dos, una parte azotada y acechada; otra activa y vigorosa, terca y resistente. Hago una foto sin mayores pretensiones estéticas, solo para recordar. Unos estudiantes se van y otros llegan. Luces y sombras conviviendo, contrastes y armonías, un guiño de paz que empieza a despertar en medio de la huella húmeda de un torrencial aguacero.

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En el camino 4 llamadas perdidas de un familiar en Maracay me aceleran el corazón. La insistencia activa mi preocupación, pero esta vez estoy muy expuesta y no puedo contestar. Sacar el teléfono es tentar a la inseguridad. 3:32 PM. Llego a casa y con alivio compruebo que mi familia está bien. Tengo los pies empapados y el cuerpo me avisa que no he almorzado.

La lluvia vuelve con delicadeza. Ya ha limpiado la ciudad, mostrando su fuerza y otro tipo de vulnerabilidad. 4:38 PM. Ha cesado el aguacero y la dinámica continúa. Cada quien en lo suyo, todos en la misma ciudad. Por el balcón veo cómo el tránsito se reanuda. De fondo, un camión de frutas remata por el parlante ¡Cambures a 40 bolos el kilo! Recuerdo que el día del asesinato de Albán, el FMI pronosticó una inflación de 10.000.000% para el 2019 en Venezuela. Así de confusas y mezcladas están mis ideas, así de extenuante ha sido el día.

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Acerca de perezdaza

Periodista, M.Sc en Relaciones Internacionales. Investigadora y Docente en la UCV. Apasionada por la fotografía y las artes visuales. Intereses: literatura, ecología, derechos humanos, educación, cultura.

Publicado el octubre 10, 2018 en Uncategorized y etiquetado en , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente. 1 comentario.

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