Venezuela, 2017

 

Me duelen los ojos. Los cierro y aprieto, intentando contener las lágrimas. No puedo. Se escapan y bajan por mis mejillas en una caricia lenta y suave que no me consuela. He visto tanto, el dolor salta de la imagen y me traspasa. Deja su quietud para taladrar mis entrañas. ¿Cuánto he visto? ¿Cuánto falta por ver? 

Evito sensacionalismos, me escurro de la insensibilidad. Trato, pero es en vano. Sigo mirando. Una imagen y otra. Tragedia y sangre. La foto de un joven tendido en el piso, su pecho abierto y una sonrisa quieta modelando su rostro.

Sobre una moto otro se va desangrando. Gritan los compañeros, los de muchos años y los de pocos instantes. Llora la madre. Llora el país. Una foto más.

Era músico, violinista. Mi hija canta y aprende a tocar flauta. Las fotos se confunden en mi cabeza, se mezclan, pululan y engendra nuevas imágenes. Me duelen los ojos, no quisiera ver todo lo que he visto.

Cientos de velas retan la noche. Fragmentos de fuego espantan la oscuridad. Hay frío. Un altar y algunas flores. Fotos con los rostros de los caídos. Son tantos. Son tan jóvenes.

Me detengo en una imagen: camisa beige, insignia escolar. Sonríe. Identifico el lugar. He estado ahí. Mi hija lo recorre a diario. Es el mismo colegio. Se me hiela la sangre. Lloro. Sigue oscuro, aún no amanece, las imágenes se enmarañan. Pensamientos, hechos, temores e imaginación ¿dónde terminan? ¿qué los separa?

Empezaba estudios en la universidad. ¿Me toparé con su puesto vacío? ¿Acaso estuvo en esta aula? ¿Coincidiríamos en el pasillo de ingeniería o atravesando Tierra de Nadie? Una punzada directa, certera y aguda. Me duelen los ojos, pero no puedo dejar de mirar. Arden, queman, pican y todavía no se esparce todo el gas.

Gabriel Osorio

Foto: Gabriel Osorio / Caracas, 2017

¿Qué cambia una foto? Me cambia a mí. ¿Transforma algo? Transforma mi interior, trastoca mi intimidad, devela mis sentimientos. Me duelen los ojos pero más me duele el pecho, se me quiebra el alma, se me encoge el corazón.

¿Para qué hacerlas? Son fotos crueles. Más cruel es la realidad que las genera.

¿Y si cierro los ojos? La realidad seguirá allí, su existencia es independiente de mi mirar.

¿Otro disparo? Si. ¿Fue un fusil o una cámara? ¿Te das cuentas que las dos son armas?

La fotografía me interpela, me ofrece más preguntas que respuestas ¿cuántas atrocidades caben en una toma? ¿con qué lente se trabaja la esperanza? ¿a qué distancia me sitúo? ¿desde qué ángulo se confronta al poder? ¿cuánto más debo mirar?

Otra más. Uno más. ¿para qué contarlos? Son cifras, son vidas. Imágenes de la ausencia y la represión, violencia y fatalidad. ¿capturan la muerte o el último instante de la vida?

Bombas, balas… ¿metras? ¿con las qué jugábamos? Si, quienes dispararon también jugaron con ellas. ¿Está mal voltear la mirada de vez en cuando? Hay momentos en los que no quiero mirar. ¿cuántos muertos se añadirán mientras cierro los ojos? Recuerdo: nada tienen que ver con mi mirar.

20, 17, 19, 34, 21, 47, 23… años. Pernalete, Cañizales, Arellano, Carlos, Paola, Danny, Paúl, Almelina, Neomar… hijos, hermanos, padres. Estudiantes, oficiales, comerciantes. Números y nombres, filiaciones y ocupaciones. Conforman un retrato. Diferentes planos, composiciones y encuadres para enfocar una escena continuada que gangrena la piel del país. Me duelen los ojos, creo que también van a sangrar.

¿Álbum o galería? No importa. Hay de todo y para todos.

La foto punitiva que identifica y criminaliza. Prueba y evidencia. La imagen que culpa e incrimina.

La foto espectáculo que se viraliza y nos confunde. Perdemos el foco, nos distraemos en ella y caemos en la trampa.

La foto tentadora para la que todos posan. El show al que nadie se resiste. La seducción de mostrar, aparecer y exhibirse.

La foto emocional que conmueve, sin informar. Imprecisa y descontextualizada, apela a nuestros imaginarios y significaciones culturales.

La foto censurada que por prohibida será más llamativa, buscada y divulgada por vías alternas teniendo mayor alcance y promoción.

La foto fabricada, sigilosamente estructurada. Intencionada y maliciosa se desliza sin pudor, despojada de escrúpulos y principios. En ella, el fin justifica –y construye- los medios.

¿Memoria o saturación visual?  No importa. Hay de todo y para todos.

Me duelen los ojos. Ya no importa. Es peor el dolor en mi alma.

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Acerca de perezdaza

Periodista, M.Sc en Relaciones Internacionales. Investigadora y Docente en la UCV. Apasionada por la fotografía y las artes visuales. Intereses: literatura, ecología, derechos humanos, educación, cultura.

Publicado el junio 21, 2017 en Uncategorized y etiquetado en , , , , , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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