El poder de una foto o una foto con poder

Ese día comprendí a Borges, el tiempo es una cíclica invención que puede jugar bromas pesadas… y la fotografía también.

Con apasionada insistencia confrontaba a mis estudiantes ¿cuándo muere una foto? ¿su esencia trasciende el acto fotográfico o impacta la realidad? ¿Podemos hablar de una doble puesta en escena: la fotografía como experiencia personal y como experiencia colectiva? 

Algunas opiniones y luego otra sacudida: ¿dónde reside el poder de la imagen: en quien la captura, quien la ve, quien es fotografiado?

Un zigzagueante ir y venir de preguntas sin respuestas definitivas, inflexiones de voz que ironizaban y llamaban la atención, pausas prolongadas de intencionada estrategia retórica. El fin: estimular la reflexión, agitar las ideas, generar picazón intelectual.

Al fondo del salón estaba ella, callada y absorta, no se si en mis palabras o en sus pensamientos. Su rostro reflejaba la extraña mezcla de asombro y timidez típica de los años juveniles.

No era difícil ver las expresiones del grupo y hasta etiquetar a algunos, en un juego que nada de didáctico tenía: el hablador, el gracioso, la preguntona y… ella, aún no sabía cómo calificarla: la indiferente? Tal vez…

-Veamos algunos ejemplos –dije- para avanzar en la discusión. (A los profesores nos encanta esta palabra “dis-cu-tir”, con los estudiantes, con los colegas, con los políticos y, cuando todos se han ido, con nosotros mismos)

Con voz casi solemne enuncié el caso a estudiar: “La tragedia de El Limón”, el nombre mediático que la mayoría reconocería. No hacían falta mayores detalles, casi todos eran aragüeños y seguramente tenían algún recuerdo de este acontecimiento, un familiar relacionado, anécdotas, testimonios. Como no era necesario ahondar en pormenores, decidí centrarme en nuestro tema de estudio: la fotografía. Y como quien se dispone a diseccionar la realidad comencé el fichaje:

Año: 1987

Área: Fotografía periodística

Soporte: Impreso

Diario: El Periódico (luego llamado El Periodiquito)

Etcétera, etcétera.

Seguidamente, el desfile de imágenes, unas más impactantes que otras, algunas servían para analizar elementos técnicos y formales (profundidad de campo, contraluz, desenfoque…). Otras, nos adentraban en reflexiones más intensas sobre la sensibilidad del reportero gráfico, la ética ante el dolor y el tratamiento periodístico de las imágenes.

Nos detuvimos a analizar estas dimensiones de una foto en particular.

Retrato vertical, blanco y negro,  se observa a un hombre de aproximadamente 40 años de edad y una niña de unos 8, quizás un padre con su hija, en pleno rescate por un efectivo de seguridad. La cara de la niña expresaba angustia, miedo, mientras el sujeto uniformado parecía tratar de tranquilizarla. Ella se aferraba a lo que podía ser un perrito de peluche. Todo eran suposiciones y relativos, por lo que nos concentramos en el registro de prensa y sus datos oficiales: 100 muertos, 90 desaparecidos, 300 heridos y lesionados y miles de damnificados.

Ese 6 de septiembre, en menos de 6 horas, las intensas lluvias habían ocasionado el deslave y el desborde de varios ríos y quebradas que como agujas de un reloj buscaban su movimiento original. Desaparecieron vías, casas, vehículos, enseres y personas.

-Volvamos a nuestras disertaciones ¿Tiene poder esta foto?

-Por supuesto, es impactante – respondió una voz proveniente de los primeros asientos.

-Impacto y poder ¿son sinónimos? –Interpelé- Ese día había decidido involuntariamente utilizar la mayéutica como técnica de mi clase.

Con una decida intervención, Felipe apuntó: -El poder lo tiene el fotógrafo que es quien escoge a los sujetos, el encuadre, la proximidad…

Y retomó las reflexiones de nuestra clase anterior sobre la “intencionalidad”.

-¿Todos de acuerdo con este planteamiento? ¡Es el fotógrafo quien tiene el poder! ¿Alguna otra opinión?

Mientras buscaba con la mirada otra persona dispuesta a participar, la observé nuevamente a ella, mi visor natural la mostró en segundo plano pero bien enfocada e iluminada, un poco más encorvada, definitivamente aislada, absorta claramente en sus pensamientos y no en mis cuestionamientos.

Hice un recorrido por los pasillos, mientras algunos susurraban, opinaban tímidamente y lanzaban nuevas preguntas aun sin responder la anterior.

-Veámoslo así –dije a modo de cierre, el tiempo apremiaba con su confusa manía de diluir realidades y ficciones- ¿Qué pasa si la foto no se difunde? Si sólo es capturada y guardada en los archivos del fotógrafo… ¿Aun así tiene poder la imagen?

-Ahhh… entonces es el medio quien tiene el poder, porque hace circular las fotos, masificarlas, impactando a muchas personas…- intervino Lucía, como quien acababa de experimentar una epifanía, una revelación que se desvaneció con mi siguiente pregunta: -¿O es que, acaso, la fotografía no tiene poder y lo importante es la actitud de recepción, más no la foto en sí?

Luego de un breve silencio, les dije: -No contesten ahorita, traigan por escrito sus reflexiones sobre esta última pregunta para la próxima clase.-

Y los despedí cordialmente, quedando satisfecha por las inquietudes sembradas, esperando optimistamente que germinaran y dieran algún fruto en medio de estas preguntas sin respuestas correctas o erradas, sin verdades acabadas o sentencias definitivas. Ojalá entiendan eso.

Mientras desconectaba equipos y guardaba materiales, ella se acercó. Había permanecido sentada, inmóvil, imperceptible, todavía en el fondo del salón.

-Profesora, me dijo, al tiempo que se acercaba: -¿Sabe? La niña de aquella fotografía – señalando la pared donde aún se proyectaba- soy yo junto a mi padre. Perdimos todo en aquella tragedia, incluyendo a mi mamá. Efectivamente, como usted calculó, yo tenía 8 años en ese momento. El agua arrasó nuestra casa, no quedó nada… bueno casi nada, quedó esa foto, para mis recuerdos y para sus preguntas, para mis tristezas y para su clase. No se atormente más, concluyó con tono sereno: la fotografía, como aquel río y como mi memoria, tiene poder, mucho poder.

No había discusión. Aquel laberinto de causas y efectos confirmaban que Borges tenía razón: “Fácilmente aceptamos la realidad, acaso porque intuimos que nada es real”.

tragedia-de-el-limon

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Acerca de perezdaza

Periodista, M.Sc en Relaciones Internacionales. Investigadora y Docente en la UCV. Apasionada por la fotografía y las artes visuales. Intereses: literatura, ecología, derechos humanos, educación, cultura.

Publicado el junio 26, 2013 en Uncategorized. Añade a favoritos el enlace permanente. 3 comentarios.

  1. Simplemente… Wow!

  2. Gustavo Hernández Díaz

    No siendo fotógrafo pero sí apasionado por la semiótica de la comunicación, quiero felicitarte Johanna por esta crónica docente, por el manejo de la sensibilidad genuina y por la sorpresa conmovedora de la joven representada en esa tragedia y todas sus vicisitudes. Yo también me siento interpelado en el salón de Johanna y con el permiso de la profesora digo que la fotografía no muere, siempre nos espera para invitarnos a emocionarnos, poetizarnos y significarnos. La fotografía para esta estudiante es fototragedia, para el que no le tocó la tragedia es una fotoreferencia y para quien es extraño a este suceso es una fotohistoria. Tres puntos de vista válidos. Tres vidas que convergen en diégesis instantánea para que aprendamos a registrarnos a nosotros mismos. La fotografía vive para que seamos mejores habitantes en este planeta. Gracias Johanna por esta magistral entrega, permiso para salir de su salón. Gustavo.

  3. María Consuelo Sayago

    ¡Admirable! De principio a fin (+comentarios), excelente. Johanna, la fotografía tiene poder pero acompañada de un texto como el tuyo esa afirmación queda corta; se convierte en un elemento MAGNÍFICO, tuve la foto en mi mente antes de llegar a verla. Mis respetos y admiración infinita.

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